“Que el cine sea ordenado a la gloria de Dios y a la salvación de las almas, y sirva eficazmente para la extensión del Reino de Cristo sobre la Tierra”.

S. S. Pío XII

jueves, 17 de septiembre de 2009

CRITICA



EL GRAN PECADOR
Director: Robert Siodmak – 1949

EL PERDEDOR GANA 
(O cuando el cine es capaz de hacernos considerar
 lo que somos y hasta dónde podemos caer cuando vivimos sin recurrir a Dios)

Mentamos con el título una interesante y breve novelita de Graham Greene acerca de las vicisitudes de un vicioso jugador, pero sólo como referencia a esta película que comentamos, obra meritoria del cine, mucho más profunda y abarcadora que aquella novela. Acaso haya pocos ejemplos tan bien llevados de cómo realizar una película de tendencia católica sin caer en moralismos baratos o sin poner la intención por sobre la forma. Porque la forma que le da el sagaz Siodmak atrapa al espectador y crea el contenido. Además, el juego no está tomado sólo como vicio o enfermedad –no, digamos, como trata el alcoholismo Billy Wilder en su lamentable y premiada “Días sin huella”-, sino que aquí se trata de una enfermedad donde lo que está en juego es el alma. Convengamos también que el curso de acción de la película dado por su visión del mundo es aceptada por Siodmak sin que se corresponda con el resto de su obra.

Puede llamarse católica (o cristiana) la película donde queda patente la victoria de Dios sobre el mal y el pecado. Siodmak, no siendo católico, tiene sus fallos derivados de esa falta de sentido católico (como ocurría con Friedkin en "El exorcista"). Hay sus deficiencias. Pero el sentido total de lo que se narra -a pesar de la historia amorosa hollywoodense- queda muy bien expuesto al final del film.

Decía Hugo Wast en su excelente libro “Vocación de escritor”:

Si el novelista ha de servir a la causa de Dios, sus novelas no serán nunca más elocuentes y eficaces que cuando aborden las desventuradas realidades del mal y las pinten con suficiente claridad como para que el lector experto diga: “Esa es la verdad. El mal no engendra ni la verdadera alegría, ni mucho menos la felicidad. Todo desorden, aún en esta vida, conduce a la desesperación.
“Pero esta impresión no puede darla una fofa novelita moral, de esas que los editores llaman blancas, y que instintivamente la mayoría de sus lectores comprende que son falsas.
“Esta impresión no puede resultar sino de una novela fuerte y fiel, como expresión de la realidad, novela que, muchas veces de buena fe, los que buscan libros para sus alumnos o para sus familias llamarán escabrosa, y algunas veces tacharán de inmoral”.

Bien, hablando de películas, lo de la escabrosidad podemos dejarlo de lado, ya que el Hollywood clásico no caía en peligro de tales excesos. Lo inmoral era más difícil de inocular, aunque no era imposible, desde luego. Pero Hollywood, dejémoslo aclarado, era cobijo de dos tendencias, tradición y anti-tradición, a la primera de las cuales adscribe esta película.

La degradación que produce el pecado, la insensatez, la desesperación, la ruindad, la avaricia, pero también el amor, la misericordia, y sobre todo ello la misericordia de Dios, anidan en los sucesos de esta película que describe al hombre en sus miserias y debilidades y le muestra el único recurso que le queda para no caer en el abismo. Inteligente presentación de un ambiente decadente, de las miserias de la burguesía allá por 1860, en una Alemania (y una Europa toda) que hacía lo posible por disimular su decadencia moral en el horroroso siglo “de las luces y el progreso”. El cine ajusta las cuentas con aquello y es precisamente el detestado cine hollywoodense –desde luego, las excepciones-, no el cine europeo, quien se encarga de ello.

Dice Kempis en uno de sus libros : “No te sorprenda, ni te indignes, si el hombre frágil tropieza en el mundo. Acuérdate que cayó el ángel del cielo, y en el Paraíso cayó Adán seducido por una miserable manzana”. La mirada sobre los seres caídos de esta película es una mirada misericordiosa y sin engaños, que parece distinguir entre pecado y pecador. Hasta para los personajes más viles hay una mirada serena y no maniquea, por eso el dueño del Casino está interpretado por Melvyn Douglas, actor seductor y simpático que hacía papeles contrarios a éste, más bien el héroe de comedias hollywoodenses. Un hombre puede ser así pero también puede ser lo otro, y la vileza no es propiedad exclusiva de los monstruos. Esa mirada adulta y equilibrada del director (muy parecida a la de Hitchcock) se traduce en la falta de énfasis o de acentuación musical en los momentos culminantes, de allí que no sea un melodrama a lo Sirk o algo lastimoso como la ya mencionada ”Dias sin huella”, ni tampoco la mirada reducida de “El hombre del brazo de oro”, porque todo lo que aquí se hace pone en juego el alma, y ésta le pertenece a Dios. Un Dios que no olvida las buenas obras y por eso las recompensa: recuérdese que el escritor ayudó al viejo profesor de matemáticas luego reincidente, y mandó llamar un sacerdote cuando aquel estaba moribundo, además de cumplir su último deseo pidiendo una Misa para él. Por eso el protagonista no podía llegar a traspasar ese límite en la última escena en la iglesia: algo lo detiene, algo le da fuerzas para no perderse definitivamente, y lo que lo detiene es Dios. La súplica muestra todo su valor como pocas veces en el cine.

La religión es quien mejor diagnostica la enfermedad y da el remedio para el alma. El arte no puede reemplazarla, pero sí puede, indirectamente, conducir a ella mostrando el fracaso que es vivir para sí mismo, vivir sin Dios o contra Dios. De esta manera los arquetipos son verdaderos, y el arte muestra magníficamente que “los únicos hombres serios son los grandes santos y los grandes pecadores” (Anzoátegui).

Notable es la puesta en escena de Robert Siodmak (lo recordamos por sus excelentes “La escalera de caracol”, “La mujer fantasma”, "A través del espejo" o “El extraño asunto del tío Harry”), que pone todo al servicio de la historia que cuenta: la concentración de los hechos en muy pocos lugares (casino, plaza, hotel, iglesia, tienda de empeños, habitación de hotel); el recurso de las simetrías para apuntar los estados del alma (la medallita desempeñada y vuelta a empeñar; la imagen en el espejo; el viejo suicida; la cigarrera; el fuego de la chimenea); también la idea de pecado asumida a lo largo de toda la película sin caer en el sermón; la banda sonora plenamente integrada al drama; las actuaciones acertadas (Gregory Peck, Ava Gardner, Melvyn Douglas, Walter Huston, Ethel Barrymore). Un director sindicado como especialista en “cine negro”, podía mediante símbolos, tanto en aquellos films como en éste, mostrarnos la eterna lucha entre el bien y el mal, la luz y la sombra, pero también el triunfo de la forma que lleva consigo el contenido, la forma por la cual entendemos que las cosas no deben hacerse así nomás porque las intenciones deben ser ejecutadas –en la medida en que esto es posible- con la mayor probidad e inteligencia. Sin embargo, los adoradores de la forma o el estilo reconocen solamente el cine más claramente de “género” y dejan a un lado films como el que comentamos, tal vez porque está aquí más claro que el director no juega con las luces y las sombras a un juego vano, ya que el juego no es un fin en sí mismo. Los críticos son en gran parte responsables de que este cine ya no pueda hacerse más, por la evidente razón de que han dejado de lado una tradición que se ha perdido.

Datos curiosos, muy curiosos:

»La película está inspirada en la novela de Dostoievsky “El jugador”, aunque el film tiene un sentido religioso-católico que la novela –creemos- no tiene.

»El cast incluye entre los argumentistas al escritor judío Ladislao (o Laszlo) Fodor, comediante, autor de cuentos y obras de teatro llevados al cine tanto en Estados Unidos como en México y en nuestro país: Moglia Barth en los años ’40, Schlieper en los ’50, y el espeluznante Enrique Carreras por dos veces (la última en 1984 con el inspiradísimo título “Los reyes del sablazo”) adaptaron obras suyas. Otro de los guionistas que figura es el novelista inglés Christopher Isherwood, primero en acuñar el término ”camp” en su novela “La violeta del práter” y “converso al hinduismo” (¡!) además de sodomita.

»Uno de los dos actores que hacen de cura en el film, Thomas Ingersoll, participó en tres películas en toda su ignorada vida, y en las tres hizo de cura.

»Gregory Peck, el protagonista, al igual que Ingersoll, pero dentro de una vastísima carrera, también interpretó por tres veces a un sacerdote. Es reconocido su catolicismo.

»No es improbable que Alfred Hitchcock copiara a Siodmak, en su película “El hombre equivocado”. En su versión de Phantom Lady (basada en la excelente novela de William Irish), Siodmak incluye, en la escena de un juicio, una mujer que come desagradablemente una manzana, ajena al triste devenir del protagonista. En I confess, Hitchcock incluye –un poco más sutilmente- una mujer que mastica obscenamente una manzana tras el juicio y la condena social del protagonista. Aunque en verdad creemos que a quien Hitchcock copió es a Cecil B. De Mille, quien había incluido un detalle similar en El signo de la cruz en 1932. De todos modos Siodmak era un director reputado, aunque no mayormente reconocido por la industria hollywoodense.